Gente que viene a verme



Mayo 2018


Cuando la gente viene a verme es inevitable que me pregunten por el prostíbulo de la planta baja. Lo sabía cuando alquilé el apartamento, pero el módico precio justifica cualquier molestia. Por eso lo alquilan barato: no todo el mundo quiere que sus visitas se crucen con alguna de las chicas o un cliente apresurado en la vergüenza.

Anoche, por suerte, el jaleo ocurrió después de que Paul Auster se fuera, que no está el hombre para mucha bronca. Me contaron que a un tipo se le fue la mano con las copas y con Iris y por supuesto Doña Julia lo sacó a bastonazos y la policía vino a llevarse al borracho y aún el comisario se disculpaba azorado con Doña Julia por no haber llegado antes. Es tremendo el poder de esta mujer.

A Paul Auster estas cosas mundanas ya no le interesan. Dice que después de Faulkner no hay nada y se queda en silencio largo tiempo. Se fuma un par de cigarrillos y luego se va. Hubiera sido más interesante conocerlo en la época de Smoke.

De todas formas, Auster no es la peor de mis visitas. El premio es sin duda para Jim Carey, que se pasa las horas diciendo frases incomprensibles del tipo “hay cosas que ocurren, y un montón de tetraedros moviéndose juntos” o “creo que somos un campo de energía que danza por si mismo... y no me importa. Ni siquiera creo que tú existas, pero hay una maravillosa fragancia en el aire”. Luego da vueltas por el cuarto con pasos cortos, remarcando cada golpe con los zapatos, y repite lamentándose “ya no sé cómo ser gracioso”.


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