Gente que viene a verme



Mayo 2018


Cuando la gente viene a verme es inevitable que me pregunten por el prostíbulo de la planta baja. Lo sabía cuando alquilé el apartamento, pero el módico precio justifica cualquier molestia. Por eso lo alquilan barato: no todo el mundo quiere que sus visitas se crucen con alguna de las chicas o un cliente apresurado en la vergüenza.

Anoche, por suerte, el jaleo ocurrió después de que Paul Auster se fuera, que no está el hombre para mucha bronca. Me contaron que a un tipo se le fue la mano con las copas y con Iris y por supuesto Doña Julia lo sacó a bastonazos y la policía vino a llevarse al borracho y aún el comisario se disculpaba azorado con Doña Julia por no haber llegado antes. Es tremendo el poder de esta mujer.

A Paul Auster estas cosas mundanas ya no le interesan. Dice que después de Faulkner no hay nada y se queda en silencio largo tiempo. Se fuma un par de cigarrillos y luego se va. Hubiera sido más interesante conocerlo en la época de Smoke.

De todas formas, Auster no es la peor de mis visitas. El premio es sin duda para Jim Carey, que se pasa las horas diciendo frases incomprensibles del tipo “hay cosas que ocurren, y un montón de tetraedros moviéndose juntos” o “creo que somos un campo de energía que danza por si mismo... y no me importa. Ni siquiera creo que tú existas, pero hay una maravillosa fragancia en el aire”. Luego da vueltas por el cuarto con pasos cortos, remarcando cada golpe con los zapatos, y repite lamentándose “ya no sé cómo ser gracioso”.


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La Gran Aplicación para Hacer Novelas



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En su interior late un novelista genial queriendo salir a luz.

Usted lo sabe, nosotros lo sabemos.

En su mente escribe brillantes relatos, se le ocurren las mejores historias: situaciones y personajes vibrantes de los que atrapan al lector y no lo sueltan hasta que termina el libro.

Ya lo tiene casi todo: el argumento, los protagonistas, incluso el desarrollo de la trama. 

Pero entonces llega el momento de plasmarlo en papel y sus manos… ¡ay, sus manos!

Las geniales historias se convierten en frases torpes y divagaciones que acaban en la papelera del ordenador.

Y luego están las distracciones.

Pareja e hijos que reclaman atención, obligaciones varias que cumplir, la necesidad de ganarse el pan de cada día.

En su mente comienza además una lucha entre el genio creativo y el gorila perezoso saboteador.

Relato de Nochevieja



31 de diciembre. Nochevieja. Noche oscura.

Desde el ventanuco de mi cuarto veo llegar los primeros invitados a casa de Sara. Ella sale al jardín a recibirlos, los abraza y empuja luego suave pero animosa hacia la luz interior.

Yo también estoy invitado, pero no voy a ir. Al menos de momento.

Sobre la mesa tengo un cuaderno de cuartilla nuevo con tapas negras. Por la tarde se me ocurrió que podía escribir toda la historia desde la noche del accidente y luego dejarla en su buzón antes de irme.

Compré el cuaderno, pero después llegaron las dudas. Si confesar ha de servir para algo, me decía, habrá de ser cara a cara, un manuscrito abandonado es una cobardía. Y sin embargo también pensaba que aunque la historia que debo contar no es demasiado compleja tiene sus pequeños detalles de gran importancia que me convendría escribir antes. Las historias reales tienen forma gaseosa, son demasiado volubles, no se dejan atrapar con facilidad, y en determinadas circunstancias pueden llegar a estallar.

Así que decidí utilizar las horas nocturnas para escribir en mi cuaderno negro, y cuando amanezca y la fiesta haya terminado, pero antes de que Sara y el chico se acuesten, me acercaré a su casa y les pediré que me escuchen.

Quizás después, ésta vez, pueda irme en paz.