Relato de Nochevieja



31 de diciembre. Nochevieja. Noche oscura.

Desde el ventanuco de mi cuarto veo llegar los primeros invitados a casa de Sara. Ella sale al jardín a recibirlos, los abraza y empuja luego suave pero animosa hacia la luz interior.

Yo también estoy invitado, pero no voy a ir. Al menos de momento.

Sobre la mesa tengo un cuaderno de cuartilla nuevo con tapas negras. Por la tarde se me ocurrió que podía escribir toda la historia desde la noche del accidente y luego dejarla en su buzón antes de irme.

Compré el cuaderno, pero después llegaron las dudas. Si confesar ha de servir para algo, me decía, habrá de ser cara a cara, un manuscrito abandonado es una cobardía. Y sin embargo también pensaba que aunque la historia que debo contar no es demasiado compleja tiene sus pequeños detalles de gran importancia que me convendría escribir antes. Las historias reales tienen forma gaseosa, son demasiado volubles, no se dejan atrapar con facilidad, y en determinadas circunstancias pueden llegar a estallar.

Así que decidí utilizar las horas nocturnas para escribir en mi cuaderno negro, y cuando amanezca y la fiesta haya terminado, pero antes de que Sara y el chico se acuesten, me acercaré a su casa y les pediré que me escuchen.

Quizás después, ésta vez, pueda irme en paz.





Retrato del ferroviario Smith


Sí, yo soy el ferroviario Smith y mi padre fue el ferroviario Smith antes que yo. Mi trabajo no es muy cansado: consiste únicamente en vigilar esta estación de 1912 ya en desuso, mantenerla limpia y cuidar de que ninguno de eso malditos misivos se acerque por aquí. El inspector Harris me visita el día veintiséis de cada mes y comprueba si cumplo correctamente mis cometidos. Creo que puedo añadir con orgullo y sin falsa modestia que jamás he sido reprendido por él. El inspector Harris es un hombre obeso, de unos cincuenta años, calvo y que viste siempre trajes oscuros. El inspector Harris ocupa un cargo principal en la gran empresa Ferrocarriles Unidos de Whyberlauth, de la que yo soy también satisfecho y agradecido empleado.

Creo haber dicho antes que mi trabajo no es muy cansado. Añadiré una precisión: en los crudos días del invierno, cuando todo el territorio en muchas millas a la redonda se cubre de una espesa capa de nieve que hace invisible la antigua carretera que llega hasta la estación, quedo aislado del resto del mundo. Esto no es grave en sí mismo, puesto que tengo mis necesidades básicas cubiertas con varios meses de antelación. El problema es que además de la nieve se forma una espesa niebla que impide vigilar de manera adecuada y esos malditos misivos lo saben y lo aprovechan para deslizarse furtivamente hasta la estación y robar algo de madera, su alimento favorito. Cuando les siento acercarse enciendo todas las luces de la estación, abro las ventanas, cargo mi rifle y disparo sobre cualquier cosa que vea moverse. De vez en cuando acierto algún blanco, pero son de verdad escurridizos y la mayoría se me escapan. De todas formas matarlos no es una necesidad para mí, me conformo con que se mantengan alejados de mi terreno, aunque no ocultaré mi satisfacción al ver que alguna parte de la nieve se tiñe de rojo. Entonces salgo, recojo el cadáver del milivo y lo cuelgo de una cuerda en la parte delantera de la casa. Eso mantiene alejados a los demás por algún tiempo, pero cuando el cadáver se pudre y deja flotar ese repugnante olor, lo tengo que descolgar y enterrar y todo comienza de nuevo.

Ustedes se preguntarán porqué una estación de 1912 ya en desuso tiene un vigilante. La verdad es que yo mismo desconozco tal extremo. Nada se me dijo cuando fui destinado aquí después de mi enfermedad y nada me ha dicho jamás sobre esta cuestión el inspector Harris, que es la única persona a quien he visto en los últimos quince años. Supongo que las razones de tal decisión escapan a mi pequeña comprensión y por eso nunca me han sido explicadas. De todas formas mi misión aquí es vigilar, no dudar de las disposiciones ordenadas por Ferrocarriles Unidos de Whyberlauth.

Está llegando la noche y por fin podré descansar. Mañana es día veintiséis de diciembre y quiero que cuando llegue el inspector Harris todo esté limpio y ordenado, así que me levantaré a las cinco para tener tiempo suficiente. Al menos tengo la suerte de que los misivos sufren un temor reverencial a la noche. Cuando comienza a oscurecer se retiran a sus madrigueras y ya no salen hasta el amanecer. Alguna vez me tentó la idea de sorprenderlos en la oscuridad de sus cuevas. Me sería fácil rociarlos con el gasóleo de los bidones que me proporciona mensualmente el señor Harris para la caldera y después de arrojar una cerilla verles con satisfacción retorcerse aullando de dolor, pero si nunca lo he hecho es porque temo dejar sola la estación. Sí, ya se que nunca pasa nadie por aquí, pero si por casualidad se acercase alguien estando yo fuera y al ver las instalaciones abandonadas entrase y causase algún daño, sería terrible para mí. No quiero ni pensar en lo que podría decir el señor Harris. Quizás incluso correría peligro mi puesto y entonces sí que estaría sólo, porque yo, señores, no sirvo más que para ser el ferroviario Smith, tal y como fue mi padre y tal y como será mi hijo si alguna vez una mujer se aventura por estos solitarios montes y decide quedarse a vivir conmigo y fundar una familia, por los siglos de los siglos, amén.

Tres momentos estelares de la literatura del siglo XX (III): La Condena de Kafka

Café Kafka en Praga
Praga a principios del siglo XX es aún parte del imperio Austro Húngaro, que pronto desaparecerá por el sumidero de la historia tras la Primera Guerra Mundial. En la ciudad conviven sin mezclarse checos y alemanes, católicos, protestantes y judíos, y una variada lista de credos políticos. Y es también la ciudad en la que vive Frank Kafka, un joven alto y desgarbado con un empleo en una compañía de seguros, que a pesar de su origen checo y judío no se siente del todo checo ni del todo judío, y que pese a los esfuerzos de su padre por absorber la dominante cultura alemana matriculándole en los mejores institutos, no se siente del todo alemán. Kafka asiste en ocasiones a las charlas de los sionistas y de los socialistas y simpatiza con los anarquistas, pero ningún sistema organizado le sirve. Sobre todo se siente distinto, ajeno a las esperanzas tanto de conservadores como de revolucionarios entre sus compatriotas y en especial a los anhelos de su padre por convertirlo en un funcionario importante. Y si a lo largo de los primeros años del siglo Kafka ha ido descubriendo que aparte de las esporádicas fiestas en algún cabaret, escribir es el único recurso que el permite escapar de la monótona rutina, durante 1912 convertirá esta actividad en el centro de su existencia.

Al anochecer del 22 de septiembre de ese año, como tantas otras noches, Kafka se sienta a la mesa en la que escribe, y en el mismo cuaderno que utiliza como diario comienza un relato. Sin embargo esa noche va a ser diferente, porque durante ocho horas ese joven de 29 años no se levantará de la silla hasta terminar esa narración, La Condena, el primer paso hacia una obra genial. Y aún, cuando a las seis de la mañana ponga el punto final, tendrá fuerzas para añadir unas líneas en su diario.

"(...) la tensión y la alegría terribles con que la historia se iba desplegando ante mí (...) cómo todas las cosas pueden decirse, cómo para las más extrañas ocurrencias hay preparado un gran fuego en le que se consumen y renacen (...) Sólo así se puede escribir, sólo con esa cohesión, con esa apertura total de cuerpo y alma."

Y así es como escribirá a partir de entonces La Metamorfosis, El Proceso, El Castillo y decenas de relatos, a pesar de sus problemáticas relaciones amorosas y familiares, de la convulsa época que le tocó vivir y en especial a pesar de su maltrecho estado de salud, que si bien terminó por matarlo en 1924, al hacerlo le libró con toda probabilidad del mismo fin que sufrieron muchos de sus amigos y conocidos: los campos de exterminio, el horror nazi que no fue sino la forma moderna de la misma tiranía inhumana y sin sentido que Kafka mostró en su obra.