Gente que viene a verme



Mayo 2018


Cuando la gente viene a verme es inevitable que me pregunten por el prostíbulo de la planta baja. Lo sabía cuando alquilé el apartamento, pero el módico precio justifica cualquier molestia. Por eso lo alquilan barato: no todo el mundo quiere que sus visitas se crucen con alguna de las chicas o un cliente apresurado en la vergüenza.

Anoche, por suerte, el jaleo ocurrió después de que Paul Auster se fuera, que no está el hombre para mucha bronca. Me contaron que a un tipo se le fue la mano con las copas y con Iris y por supuesto Doña Julia lo sacó a bastonazos y la policía vino a llevarse al borracho y aún el comisario se disculpaba azorado con Doña Julia por no haber llegado antes. Es tremendo el poder de esta mujer.

A Paul Auster estas cosas mundanas ya no le interesan. Dice que después de Faulkner no hay nada y se queda en silencio largo tiempo. Se fuma un par de cigarrillos y luego se va. Hubiera sido más interesante conocerlo en la época de Smoke.

De todas formas, Auster no es la peor de mis visitas. El premio es sin duda para Jim Carey, que se pasa las horas diciendo frases incomprensibles del tipo “hay cosas que ocurren, y un montón de tetraedros moviéndose juntos” o “creo que somos un campo de energía que danza por si mismo... y no me importa. Ni siquiera creo que tú existas, pero hay una maravillosa fragancia en el aire”. Luego da vueltas por el cuarto con pasos cortos, remarcando cada golpe con los zapatos, y repite lamentándose “ya no sé cómo ser gracioso”.


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Cuando hace tiempo le conté a Iris algunos ejemplos de la gente que viene a verme, se rió y dijo que no conocía a ninguno de esos señores y señoras y que si no había venido a verme algún personaje histórico tipo Napoleón o qué sé yo, Elvis Presley.

—¿Y cómo iban a venir, si están muertos? —intenté explicar.

Pero es difícil que una persona sin cultura entienda. Iris es buena chica, con cultura cero. Imposible,

Claro que peor aún fue cuando le hablé a la Policía sobre Ubíos. Yo tenía 15 o 16 años y había sido testigo accidental de un atraco en la farmacia del barrio. Cuando un par de semanas después detuvieron a unos sospechosos, me llamaron de comisaría para participar en una rueda de reconocimientos, en la que debía identificar a los dos atracadores entre un quinteto de sujetos similares.

Señalé dos.

Los policías quisieron saber porqué. Reconocí que Ubíos me había indicado, y entonces quisieron saber quién era el tal Ubíos, donde vivía, si había presenciado el atraco….

Al explicar que nunca había sabido dónde vivía y que aparecía y desaparecía cuando le daba la gana sin mayor explicación, que no tenía apellidos y podía ser en general difícil de describir, los policías comenzaron a mirarme mal y el sargento dio un golpe en la mesa.

—¿Me estás hablando de una amigo imaginario?, ¿no eres ya mayorcito para hacernos perder el tiempo con gilipolleces?

Y me echaron los muy bobos sin tomarme declaración.

Nunca debí hablar a los polis sobre Ubios.

Ni tampoco haber comentado con Iris lo de la gente que viene a verme.


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—Por mi parte, desde luego, no quiero que le digas a nadie que vengo a verte —me dice Gwynne Shotwell cuando le cuento mi mala experiencia con Iris y mi pasada accidentada relación con las fuerzas de orden—. Tú ya sabes que todo lo relacionado con esta operación es secreto —reafirma.

La verdad es que yo aún me lo estoy pensando. Ella tiene una buena oferta y yo estoy escaso de efectivo, debería ser una buena combinación, pero si la idea de salir de mi cuarto a dar un paseo ya me causa pereza, si para comprar lo necesario para la supervivencia me tengo que planificar con horas de antelación, el plan de involucrarme en un viaje interestelar y contar toda la historia al estilo del nuevo periodismo me deja al borde del ataque de ansiedad.

—No se, Gwynne, no lo tengo claro.

—Vas a ser tu y no se hable más. En una década será posible volar de Los Ángeles a Shanghái en 30 o 40 minutos y el siguiente paso serán los viajes espaciales. En estos proyectos la narrativa es tan importante como la ingeniería, y necesito a un autor en quien confiar. No puedes negarte.

Cuando Gwynne se va, bajo a comer el menú del día en Café Santos.

Tras rotundo cocido de lentejas y exquisitas anchoas fritas, cuando estoy revolviendo el azúcar en el café sólo, aparecen Dave Grohl y Mark Lanegan.

—Estoy atascado con un par de temas —comenta Mark—, a ver si me echas una mano.

—Lo que quieras, ya sabes.

—Yo apoyo —dice Dave.

—Mejor subimos a casa —propongo al ver que algunos parroquianos nos miran ya con curiosidad.

Y la noche se alarga en una nube de marihuana mientras Mark, Dave y yo escribimos algunas canciones.


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En algún momento difuso de la reunión, Ellen DeGeneres me llama por teléfono.

Sí, además de la gente que viene a verme, hay unas pocas personas que me llaman.

—¡Ellen!, ¿qué tal?

—¿Qué es el hogar para ti? ¿Tus padres? ¿Tu mujer? ¿Tus amigos? A veces, el hogar está en uno mismo. No tienes que ir a ninguna parte si te sientes feliz contigo mismo.

Me suelta todo eso seguido y cuelga, y yo, que aún le estoy dando vueltas a la propuesta de Gwynne, siento de pronto que el universo ha conspirado para traerme una respuesta cósmica a mis dudas vía súbita iluminación de Ellen.

Eso, o que el último canuto estaba demasiado fuerte.

Ante la duda, ofrezco la discusión a mis invitados.

—¿En serio estás pensando en rechazar la oportunidad de trabajar con la gente de SpaceX? —me pregunta Dave—. Deja las drogas, tío, en serio. Déjalo todo y tírate al futuro de cabeza. Joder, es algo único, esa gente son los como los exploradores de otros tiempos, las fuentes del Nilo, expediciones polares, en busca del tesoro, toda esa mierda, tío, no puedes perderte este viaje.

—Uh, uh —tose Mark—, lo que no puedas encontrar dentro de ti, no lo vas a descubrir en el espacio exterior.

Y así un rato más hasta que pronto recuerdo que Gwynne insistió en que era un proyecto secreto que no debía comentar con nadie y cambio de conversación, dejando que las dulces olas de THC nos lleven navegando a puertos inesperados.


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Me despierto tarde, la habitación ya iluminada por el sol, los ojos pegados de tanto fumar anoche.

Y Cristina sentada al borde de la cama.

Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos por si es una alucinación y ahí sigue Cristina, que sonríe y dice buenos días amor.

—Buenos días cielo, ¿cómo estás?

—Muy bien. Perdona que me haya presentado sin avisar.

—Puedes venir a verme por sorpresa siempre que quieras. De toda la gente que viene a verme siempre serás mi preferida.

—Serás tonto....

Y se inclina hacia mí, me besa y yo rodeo su cintura y pienso en lo afortunado que soy de que venga tanta gente a verme.