Tres momentos estelares de la literatura del siglo XX (III): La Condena de Kafka

Café Kafka en Praga
Praga a principios del siglo XX es aún parte del imperio Austro Húngaro, que pronto desaparecerá por el sumidero de la historia tras la Primera Guerra Mundial. En la ciudad conviven sin mezclarse checos y alemanes, católicos, protestantes y judíos, y una variada lista de credos políticos. Y es también la ciudad en la que vive Frank Kafka, un joven alto y desgarbado con un empleo en una compañía de seguros, que a pesar de su origen checo y judío no se siente del todo checo ni del todo judío, y que pese a los esfuerzos de su padre por absorber la dominante cultura alemana matriculándole en los mejores institutos, no se siente del todo alemán. Kafka asiste en ocasiones a las charlas de los sionistas y de los socialistas y simpatiza con los anarquistas, pero ningún sistema organizado le sirve. Sobre todo se siente distinto, ajeno a las esperanzas tanto de conservadores como de revolucionarios entre sus compatriotas y en especial a los anhelos de su padre por convertirlo en un funcionario importante. Y si a lo largo de los primeros años del siglo Kafka ha ido descubriendo que aparte de las esporádicas fiestas en algún cabaret, escribir es el único recurso que el permite escapar de la monótona rutina, durante 1912 convertirá esta actividad en el centro de su existencia.

Al anochecer del 22 de septiembre de ese año, como tantas otras noches, Kafka se sienta a la mesa en la que escribe, y en el mismo cuaderno que utiliza como diario comienza un relato. Sin embargo esa noche va a ser diferente, porque durante ocho horas ese joven de 29 años no se levantará de la silla hasta terminar esa narración, La Condena, el primer paso hacia una obra genial. Y aún, cuando a las seis de la mañana ponga el punto final, tendrá fuerzas para añadir unas líneas en su diario.

"(...) la tensión y la alegría terribles con que la historia se iba desplegando ante mí (...) cómo todas las cosas pueden decirse, cómo para las más extrañas ocurrencias hay preparado un gran fuego en le que se consumen y renacen (...) Sólo así se puede escribir, sólo con esa cohesión, con esa apertura total de cuerpo y alma."

Y así es como escribirá a partir de entonces La Metamorfosis, El Proceso, El Castillo y decenas de relatos, a pesar de sus problemáticas relaciones amorosas y familiares, de la convulsa época que le tocó vivir y en especial a pesar de su maltrecho estado de salud, que si bien terminó por matarlo en 1924, al hacerlo le libró con toda probabilidad del mismo fin que sufrieron muchos de sus amigos y conocidos: los campos de exterminio, el horror nazi que no fue sino la forma moderna de la misma tiranía inhumana y sin sentido que Kafka mostró en su obra.