Retrato del ferroviario Smith


Sí, yo soy el ferroviario Smith y mi padre fue el ferroviario Smith antes que yo. Mi trabajo no es muy cansado: consiste únicamente en vigilar esta estación de 1912 ya en desuso, mantenerla limpia y cuidar de que ninguno de eso malditos misivos se acerque por aquí. El inspector Harris me visita el día veintiséis de cada mes y comprueba si cumplo correctamente mis cometidos. Creo que puedo añadir con orgullo y sin falsa modestia que jamás he sido reprendido por él. El inspector Harris es un hombre obeso, de unos cincuenta años, calvo y que viste siempre trajes oscuros. El inspector Harris ocupa un cargo principal en la gran empresa Ferrocarriles Unidos de Whyberlauth, de la que yo soy también satisfecho y agradecido empleado.

Creo haber dicho antes que mi trabajo no es muy cansado. Añadiré una precisión: en los crudos días del invierno, cuando todo el territorio en muchas millas a la redonda se cubre de una espesa capa de nieve que hace invisible la antigua carretera que llega hasta la estación, quedo aislado del resto del mundo. Esto no es grave en sí mismo, puesto que tengo mis necesidades básicas cubiertas con varios meses de antelación. El problema es que además de la nieve se forma una espesa niebla que impide vigilar de manera adecuada y esos malditos misivos lo saben y lo aprovechan para deslizarse furtivamente hasta la estación y robar algo de madera, su alimento favorito. Cuando les siento acercarse enciendo todas las luces de la estación, abro las ventanas, cargo mi rifle y disparo sobre cualquier cosa que vea moverse. De vez en cuando acierto algún blanco, pero son de verdad escurridizos y la mayoría se me escapan. De todas formas matarlos no es una necesidad para mí, me conformo con que se mantengan alejados de mi terreno, aunque no ocultaré mi satisfacción al ver que alguna parte de la nieve se tiñe de rojo. Entonces salgo, recojo el cadáver del milivo y lo cuelgo de una cuerda en la parte delantera de la casa. Eso mantiene alejados a los demás por algún tiempo, pero cuando el cadáver se pudre y deja flotar ese repugnante olor, lo tengo que descolgar y enterrar y todo comienza de nuevo.

Ustedes se preguntarán porqué una estación de 1912 ya en desuso tiene un vigilante. La verdad es que yo mismo desconozco tal extremo. Nada se me dijo cuando fui destinado aquí después de mi enfermedad y nada me ha dicho jamás sobre esta cuestión el inspector Harris, que es la única persona a quien he visto en los últimos quince años. Supongo que las razones de tal decisión escapan a mi pequeña comprensión y por eso nunca me han sido explicadas. De todas formas mi misión aquí es vigilar, no dudar de las disposiciones ordenadas por Ferrocarriles Unidos de Whyberlauth.

Está llegando la noche y por fin podré descansar. Mañana es día veintiséis de diciembre y quiero que cuando llegue el inspector Harris todo esté limpio y ordenado, así que me levantaré a las cinco para tener tiempo suficiente. Al menos tengo la suerte de que los misivos sufren un temor reverencial a la noche. Cuando comienza a oscurecer se retiran a sus madrigueras y ya no salen hasta el amanecer. Alguna vez me tentó la idea de sorprenderlos en la oscuridad de sus cuevas. Me sería fácil rociarlos con el gasóleo de los bidones que me proporciona mensualmente el señor Harris para la caldera y después de arrojar una cerilla verles con satisfacción retorcerse aullando de dolor, pero si nunca lo he hecho es porque temo dejar sola la estación. Sí, ya se que nunca pasa nadie por aquí, pero si por casualidad se acercase alguien estando yo fuera y al ver las instalaciones abandonadas entrase y causase algún daño, sería terrible para mí. No quiero ni pensar en lo que podría decir el señor Harris. Quizás incluso correría peligro mi puesto y entonces sí que estaría sólo, porque yo, señores, no sirvo más que para ser el ferroviario Smith, tal y como fue mi padre y tal y como será mi hijo si alguna vez una mujer se aventura por estos solitarios montes y decide quedarse a vivir conmigo y fundar una familia, por los siglos de los siglos, amén.

Tres momentos estelares de la literatura del siglo XX (III): La Condena de Kafka

Café Kafka en Praga
Praga a principios del siglo XX es aún parte del imperio Austro Húngaro, que pronto desaparecerá por el sumidero de la historia tras la Primera Guerra Mundial. En la ciudad conviven sin mezclarse checos y alemanes, católicos, protestantes y judíos, y una variada lista de credos políticos. Y es también la ciudad en la que vive Frank Kafka, un joven alto y desgarbado con un empleo en una compañía de seguros, que a pesar de su origen checo y judío no se siente del todo checo ni del todo judío, y que pese a los esfuerzos de su padre por absorber la dominante cultura alemana matriculándole en los mejores institutos, no se siente del todo alemán. Kafka asiste en ocasiones a las charlas de los sionistas y de los socialistas y simpatiza con los anarquistas, pero ningún sistema organizado le sirve. Sobre todo se siente distinto, ajeno a las esperanzas tanto de conservadores como de revolucionarios entre sus compatriotas y en especial a los anhelos de su padre por convertirlo en un funcionario importante. Y si a lo largo de los primeros años del siglo Kafka ha ido descubriendo que aparte de las esporádicas fiestas en algún cabaret, escribir es el único recurso que el permite escapar de la monótona rutina, durante 1912 convertirá esta actividad en el centro de su existencia.

Al anochecer del 22 de septiembre de ese año, como tantas otras noches, Kafka se sienta a la mesa en la que escribe, y en el mismo cuaderno que utiliza como diario comienza un relato. Sin embargo esa noche va a ser diferente, porque durante ocho horas ese joven de 29 años no se levantará de la silla hasta terminar esa narración, La Condena, el primer paso hacia una obra genial. Y aún, cuando a las seis de la mañana ponga el punto final, tendrá fuerzas para añadir unas líneas en su diario.

"(...) la tensión y la alegría terribles con que la historia se iba desplegando ante mí (...) cómo todas las cosas pueden decirse, cómo para las más extrañas ocurrencias hay preparado un gran fuego en le que se consumen y renacen (...) Sólo así se puede escribir, sólo con esa cohesión, con esa apertura total de cuerpo y alma."

Y así es como escribirá a partir de entonces La Metamorfosis, El Proceso, El Castillo y decenas de relatos, a pesar de sus problemáticas relaciones amorosas y familiares, de la convulsa época que le tocó vivir y en especial a pesar de su maltrecho estado de salud, que si bien terminó por matarlo en 1924, al hacerlo le libró con toda probabilidad del mismo fin que sufrieron muchos de sus amigos y conocidos: los campos de exterminio, el horror nazi que no fue sino la forma moderna de la misma tiranía inhumana y sin sentido que Kafka mostró en su obra.

Tres momentos estelares de la literatura del siglo XX (II): Bukowski abandona la oficina de correos

Trampero
Una mañana a principios de enero de 1970 un hombre entra en la central del Servicio de Correos de Los Angeles, California, se dirige a la sección de personal y le dice a la recepcionista: "Quiero dimitir".

Ese hombre es Charles Bukowski, poeta marginal, escritor maldito y repartidor de correo durante quince años. Es la segunda vez que dimite y está convencido de que será la definitiva. Rellena los formularios que ponen ante él con la ley del mínimo esfuerzo, ningún problema, ninguna queja. Cuando le preguntan por qué dimite, contesta: "Para hacer carrera". Y cuando le piden más detalles sobre lo que piensa hacer, añade: "¡Trampear! Ratas almizcleras, nutrias, visones, castores, mapaches. Todo lo que necesito es una piragua".

Pero es otra la aventura a la que se lanza. El mismo día en que abandona su empleo llena el frigorífico de cervezas, baja las persianas y comienza a escribir. Y a pesar de las visitas que le interrumpen intrigadas por su decisión, en apenas 19 días termina un manuscrito de 90.000 palabras al que titula Cartero.

Entonces llama a John Martin, su editor, y le dice: "Ya está hecho".

Tres momentos estelares de la literatura del siglo XX (I): Borges, autor de Pierre Menard

El jardín de los senderos que se bifurcan


Ocurrió en Buenos Aires, el 24 de diciembre de 1938.

Jorge Luis Borges llega a casa de una amiga chilena y encuentra el ascensor estropeado. Sube las escaleras y con la prisa no repara en una ventana recién pintada y abierta de par en par. El filo roza su frente causándole una herida que pese a los primeros auxilios pronto se infecta. Esa misma noche alcanzará 40º de fiebre.

En el momento del accidente Borges tiene 39 años. Ha vivido en Buenos Aires, Ginebra, Mallorca, Sevilla, Madrid y vuelta a la Chicago agentina. Ha publicado tres libros de poesía, una biografía, dos libros de ensayos y un primer acercamiento a la narrativa: Historia Universal de la Infamia. Ha escrito con su nombre o diferentes seudónimos críticas, pequeñas biografías, traducciones y relatos en revistas como Sur, El Hogar y Suplemento Dominical en Buenos Aires, y Cosmópolis, Grecia o Ultra en España, además de haber participado en la fundación de otras como Prisma o Proa. Ha conocido el vértigo de las vanguardias y la fiebre de los manifiestos en las tertulias madrileñas. Ha trabado amistad con Cansinos Assens y Macedonio Fernández, maestros, y con su futuro compañero de aventuras sobre el papel Adolfo Bioy Casares. Y sobre todo, ha leído. Sin exagerar mucho se puede afirmar que lo ha leído casi todo.

A lo largo de este tiempo Jorge Luis, o Georgie para la familia y amigos íntimos, se ha ido poco a poco difuminando en paralelo a su progresiva pérdida de visión, para ir dejando paso a Borges, el personaje. La estancia en el hospital será el inicio de un cambio de rumbo definitivo en su vida.

Porque es a un hospital donde le tienen que llevar una noche cuando tras una semana de cama y fiebre pierde el habla y parte de la movilidad. Es operado de urgencia y pasa otras dos semanas entre la vida y la muerte, en un delirio en el que ve tigres que entran por la puerta y antepasados que vienen a visitarlo.

Cuando por fin la fiebre remite, Borges desconfía de su integridad mental. Pide a su madre que le lea un libro y tras unas páginas la interrumpe y dice: "Está bien. Lo comprendo todo." Entonces duda si podrá volver a escribir. Decide probar con algo que apenas ha hecho hasta ese momento: escribir ficción. De esta forma la dificultad del reto cargará con la responsabilidad ante un hipotético fracaso.

Y así es como nace Pierre Menard, autor del Quijote, el hombre que convirtió una obra maestra del siglo XVII en una obra maestra del siglo XX. Y tras él, que aún se presenta en la revista Sur bajo el disfraz de un ensayo, un paso más adelante, la metafísica y la novela de aventuras trabadas en un relato de apenas quince páginas: Tlön, Uqbar Orbis Tertius. Y después Las ruinas circulares, La lotería en Babilonia, La biblioteca de Babel... y Borges convertido ya en Borges, el otro que escribe las páginas.