Por qué escribo cuentos



Escribía un cuento acompañado por los Rolling Stones cuando sonó el timbre de la puerta. Decidí ignorarlo. Insistieron. Me levanté irritado y abrí.

-Buenas tardes, joven.

Dos señoras de mediana edad, vestidas con elegante sobriedad y sosteniendo un lote de revistas religiosas en brazos, me sonreían desde el descansillo.

-Quizás te sorprenda vernos aparecer así de pronto –dijo la misma que había saludado.

Yo no contesté.

-Sólo nos gustaría que nos respondieras a una pregunta –insistió-. ¿Crees que las cosas van bien en el mundo hoy en día?

-Lo siento, no me interesa oír nada de eso.

Ella sonrió y yo cerré la puerta a mitad de su disculpa.

Volví a la mesa, eché un vistazo al cuento y luego encendí un cigarrillo y me concentré en la música.

Mientras fumaba recordé lo que les había dicho: “Lo siento, no me interesa oír nada de eso”. Muy educado. Pensé que si aquella escena hubiese ocurrido en un cuento yo le habría podido contestar algo así como “No gracias, escucho la música del diablo”, o “Nada mejorará hasta que todo el mundo folle con todo el mundo”.

Si esto fuera un cuento, me dije, podría incluso haberme mostrado interesado, invitarlas a pasar y a tomar el té y luego poner una película X y preguntarles tranquilamente su opinión, o echar un somnífero en sus bebidas (porque si esto fuera una cuento yo podría estar empleado en una farmacia y tener todo tipo de de pastillas a mi alcance), y luego torturarlas durante horas antes de matarlas. Y a partir de ahí quién sabe si ese incidente se convertiría en el primero de una larga carrera criminal o si quizás permanecería semioculto en el recuerdo, como un hecho aislado pero al mismo tiempo una amenaza latente susceptible de repetirse en cualquier momento.

En cierto modo, me dije mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero y volvía a mi cuento, aquel par de beatas habían tenido mucha suerte de que esto no fuera un cuento.