Por qué escribo cuentos



Escribía un cuento acompañado por los Rolling Stones cuando sonó el timbre de la puerta. Decidí ignorarlo. Insistieron. Me levanté irritado y abrí.

-Buenas tardes, joven.

Dos señoras de mediana edad, vestidas con elegante sobriedad y sosteniendo un lote de revistas religiosas en brazos, me sonreían desde el descansillo.

-Quizás te sorprenda vernos aparecer así de pronto –dijo la misma que había saludado.

Yo no contesté.

-Sólo nos gustaría que nos respondieras a una pregunta –insistió-. ¿Crees que las cosas van bien en el mundo hoy en día?

-Lo siento, no me interesa oír nada de eso.

Ella sonrió y yo cerré la puerta a mitad de su disculpa.

Volví a la mesa, eché un vistazo al cuento y luego encendí un cigarrillo y me concentré en la música.

Mientras fumaba recordé lo que les había dicho: “Lo siento, no me interesa oír nada de eso”. Muy educado. Pensé que si aquella escena hubiese ocurrido en un cuento yo le habría podido contestar algo así como “No gracias, escucho la música del diablo”, o “Nada mejorará hasta que todo el mundo folle con todo el mundo”.

Si esto fuera un cuento, me dije, podría incluso haberme mostrado interesado, invitarlas a pasar y a tomar el té y luego poner una película X y preguntarles tranquilamente su opinión, o echar un somnífero en sus bebidas (porque si esto fuera una cuento yo podría estar empleado en una farmacia y tener todo tipo de de pastillas a mi alcance), y luego torturarlas durante horas antes de matarlas. Y a partir de ahí quién sabe si ese incidente se convertiría en el primero de una larga carrera criminal o si quizás permanecería semioculto en el recuerdo, como un hecho aislado pero al mismo tiempo una amenaza latente susceptible de repetirse en cualquier momento.

En cierto modo, me dije mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero y volvía a mi cuento, aquel par de beatas habían tenido mucha suerte de que esto no fuera un cuento.

Medianoche y el teléfono


Un hombre se despierta a medianoche. Palpa el otro lado de la cama y se da cuenta de que su mujer se ha levantado. Nota seca la garganta y piensa en ir a la cocina a beber un vaso de agua, así que se levanta, mete los pies en las zapatillas y sale de la habitación.

Al fondo del pasillo un rayo de luz que sale de la cocina a través de la puerta entreabierta ilumina un cuadro con una escena de caza. El hombre oye a su mujer hablar por teléfono.

¿Cómo quieres que se lo diga?, susurra. Luego repite, ¿cómo quieres que se lo diga?

El hombre se detiene a mitad del pasillo y se queda mirando el cuadro con la escena de caza y el reflejo de la luz de la cocina y luego se pregunta qué será lo que su mujer tiene que decirle y si eso cambiará de alguna forma su vida para siempre.

Aniversario



Escucha esto que te cuento, amorcito.

Esta mañana, iluminado por la feliz coincidencia de ocupar el mismo lugar en el calendario el día en que nos conocimos y el patrón de mis labores, salí a la calle con la idea de hacer algo especial, de aprovechar esa agradable sensación de no tener que ir a trabajar un día laborable para el resto del mundo.

El caso, cariño, es que paseé hasta la Biblioteca Municipal y allí solicité en la sección Hemeroteca los periódicos del mismo día de cinco años atrás y los ojeé con fervor los minutos siguientes.

¿Sabes, amor mío, que el mismo día que yo besaba tus pezones y deslizaba mi lengua entre tus piernas un hombre era apaleado hasta morir en Nueva York?

¿Te das cuenta de que casi a la misma hora a la que yo entraba en tu sexo afeitado una patrulla paramilitar arrasaba un pueblo campesino en Perú?

¿Podrías creer cariño, que casi con toda seguridad en el exacto momento en que nos corríamos a un tipo le estallaba la cabeza en Beirut?