El guardián de la promesa


Por fin, tras una hora de dudas y pruebas, dando bruscos giros en su paseo por calles comerciales y mirando el reflejo en los escaparates, se dirigió al hombre de la gabardina negra.
¿Me está siguiendo?
Sí.
¿Y…?
Soy el guardián de su promesa.
No lo entiendo.
El hombre de la gabardina hizo un gesto de disgusto.
Usted, con su actitud, me obliga a recordar hechos desagradables. Usted saldó una deuda de juego con dinero de la empresa. Sin duda, tenía intención de reembolsarlo, pero le descubrieron antes.
Él palideció y dio un paso atrás.
Pero ese asunto ya está resuelto, protestó con un hilo de voz.
Lo sé, lo sé. Su jefe es un hombre clemente y accedió a que restituyera el importe sustrayendo una cuota mensual de su nómina, pero además hizo usted una promesa tanto a su jefe como a su esposa. Prometió no volver a jugar.
El hombre de la gabardina negra guardó entonces silencio.
¿Y piensa usted seguirme a todas partes para verificar que cumplo?
A todas partes no. No voy a entrar en su domicilio, ni en los servicios de un restaurante, ni en su oficina, ni , en general, en aquellos lugares donde no exista la posibilidad de jugar a las cartas.
Nadie me ha informado, esto es ridículo.
Y sin embargo así se ha decidido.
Este argumento le pareció tan poco consistente que le animó a replicar hasta la arrogancia.
Su vigilancia no vale nada. Le he descubierto enseguida y además soy más joven y ligero que usted. Si ahora comenzara a correr entre esta multitud, pronto me perdería de vista.
El otro exhibió una sonrisa mínima y triste.
Mi contrato me obliga a darme a conocer y explicarle las condiciones. Entre estas que cualquier intento de huida equivale a la ruptura de la promesa. Si usted escapa yo no voy a seguirle. Me limitaré a informar a su esposa y jefe para que inicien las acciones oportunas.