La luz en las escaleras



Aborrecía los temporizadores, esa suerte de azar lumínico que te deja a oscuras cuando menos lo esperas, así que adquirió la costumbre de llevar siempre una linterna en el bolsillo de la chaqueta, porque ocurría que si subiendo las escaleras la luz se apagaba de pronto, él se quedaba al instante paralizado, incapaz de dar un paso más hasta que algún vecino que salía de su piso o entraba en el portal pulsaba el interruptor, lo que daba lugar a escenas un tanto embarazosas cuando el súbito alumbramiento se producía cerca de su posición y el vecino le veía de pronto como si hubiera estado esperándole agazapado entre las sombras y entonces venían los sustos y las disculpas y las vergüenzas, aunque lo peor de todo, lo que de verdad le convenció de la conveniencia de llevar siempre una linterna en el bolsillo, ocurrió cuando el apagón se produjo a una hora tardía, resultando ya improbable, como así fue, que ningún vecino fuera a salir o entrar en la casa y, por supuesto, pasó toda la noche en el mismo escalón, la espalda contra la pared, intentando no quedarse dormido.